Maldición olímpica de la Seleçao se abate sobre la playa Copacabana de Rio

Pantallas planas, grupos de samba, esculpidas jóvenes en pantalones cortos, cielo azul: todo estaba listo para celebrar el primer oro olímpico del fútbol brasileño en la reconocida playa de Copacabana, en Rio de Janeiro.

Pero la maldición olímpica del pentacampeón del mundo reapareció y el Brasil de Neymar cayó por 2-1 ante México en la final de los Juegos de Londres 2012.

"Estoy triste por el pueblo brasileño que merecía esta victoria. El equipo no jugó mal, hay que conformarse con la plata", dijo Cruz Mendes de 27 años, y quien se hace llamar "Tiago Neymar" como su ídolo y al igual que él utiliza un peinado electrizante.

Este empleado de farmacia, que lleva pendientes de oro y un crucifijo de plata en el pecho, se vistió para la ocasión con el uniforme de la Seleçao y aprovechó las cámaras para mostrar su dominio con el balón.

Esta derrota es al fin de cuentas una buena lección. "Tendremos que trabajar para ganar aquí los Juegos Olímpicos de Rio dentro de cuatro años", sostiene.

Con uniformes de fútbol o ajustados trajes de baño, varios cientos de aficionados, cerveza o agua de coco en mano, se congregaron en un ambiente de fiesta en Leme, en el extremo de la playa de la Bahía de Copacabana.

Los músicos de la famosa escuela de samba Beija Flor calentaron la antesala del juego en un día de ese raro "invierno" de Rio donde la temperatura puede llegar a los 28 grados bajo la sombra sin una nube a la vista.

Bajo un kiosco armado especialmente por Record TV -el canal de un obispo evangélico que le arrebató a la poderoso TV Gobo los derechos de transmisión de los Juegos por decenas de millones de dólares- todos bailaban y celebraban de antemano el oro olímpico.

Pero México enfrió muy rápido el entusiasmo al anotar el primer gol a los 28 segundos. Después de la segunda anotación, muchos seguían creyendo en la victoria brasileña pero sus gestos eran tensos.

En la playa, miles de cariocas bronceados ignoraban el espectáculo, tendidos a la sombra debajo de sombrillas rojas o jugando vóley de playa o fútbol de playa o tenis de playa.

En una final de una Copa del Mundo, seguramente la ciudad se habría parado.

"Para ser honesto, el fútbol no me importa", admite Stephane Haddad, dueño de un restaurante francés en Copacabana.

En cambio para el negocio el fútbol es bueno. Desde que Brasil fue designado anfitrión de la Copa del Mundo 2014 y los Juegos Olímpicos 2016 en Rio de Janeiro, la afluencia de turistas no cesa. "Rio está a la vista. Sacamos provecho de eso a lo largo del año", agrega Haddad.

Francisco Barroni, un cincuentón bronceado, se detuvo a mirar el partido.

Durante la semana, este exjugador profesional de fútbol trabaja en el correo. Los fines de semana, vende galletas en la playa. "Esto nos ayuda porque es difícil llegar a fin de mes con los precios de los alquileres de Rio".

"Antes se jugaba por la camiseta y ahora es por dinero", afirma mientras evalúa a la Seleçao. Durante su carrera como jugador, en los años 70 y 80, el ganaba unos 10.000 reales al mes (unos 5.000 dólares), una miseria comparada con los salarios de los jugadores de hoy en día...

"!Goooool do Brasillllllllllllll!". El grito del comentarista avisa del descuento, despertando a los asistentes. Sin embargo, la esperanza y los gritos sólo duraron dos minutos.

Tras el pitazo final, la gente se dispersa rápidamente. Francisco Barroni regresa a vender sus galletas. Sólo la playa es oro.

Fanáticos brasileños observan por TV la final olímpica entre Brasil y México, el 11 de agosto de 2012 en la plaza de Leme, Rio de Janeiro.

Fanáticos brasileños observan la final del fútbol olímpico entre su país y México, el 11 de agosto de 2012 en la playa de Leme, Rio de Janeiro.

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