Twitter se pone drástico con las aplicaciones de terceros

Foto: iStockphotoTwitter ha anunciado cambios en su API que afectan al ecosistema de aplicaciones que depende del servicio. Para quienes no estén familiarizados con el término, API son las siglas en inglés de interfaz de programación de aplicaciones. En palabras simples, se trata de una especie de llave de acceso a funciones de un servicio web de un tercero a través de uno propio. Gracias a las API, los programas pueden conectarse con otros para mejorar la experiencia del usuario -por ejemplo, darte de alta en un sitio web usando tu cuenta de Facebook-.

Miles de aplicaciones dependen de la API de Twitter para funcionar. Muchos son clientes móviles o de escritorio que ayudaron a la masificación del servicio. Veamos un poco de historia: en un inicio, Twitter únicamente estaba disponible a través de la web. Vinieron algunos desarrolladores y crearon programas que permitían usar la red social de una manera más amigable. Me vienen a la mente ejemplos como TwitterFon (ahora llamado Echofon), Tweetie o TweetDeck. Otros servicios han usado la API para hacer mediciones de influencia -por ejemplo, Klout- o para hacer antologías de contenido -aquí entran Favstar.fm o Storify, por mencionar los más famosos-.

El cambio de Twitter en la versión 1.1 de su API se pone especialmente drástico con las aplicaciones que, según ellos, imitan la experiencia original de la red social. Viene otro poco de historia: en 2010, Twitter se percató que las aplicaciones de terceros le estaban ganando la partida. Por esta razón, decidieron sacar programas oficiales. Para esto, adquirieron a dos empresas: Tweetie y TweetDeck. Lamentablemente, el desempeño de estas aplicaciones propias no es el óptimo, y los competidores siguen ganando una cuota del mercado.

De a poco, Twitter comenzó a ponerse hostil con las aplicaciones de terceros. Hace un par de años, la versión web se daba el lujo de promocionar clientes móviles o de escritorio de otros desarrolladores; con el anuncio del API 1.1, cambian las reglas para favorecerse. La medida más sonada es poner un límite para 200 mil usuarios únicos para estas aplicaciones. Cuando un programa llegue a esa cifra, tendrá que ponerse en contacto con Twitter para establecer algún tipo de pago o licencia para tener más usuarios.

Esto, por supuesto, afecta la monetización de las empresas de desarrollo. Lo más seguro es que implique aumento en los precios de estas aplicaciones, por lo que probablemente la única opción gratuita que quedará en el mercado es el software oficial de Twitter. Ese escenario no sería malo si estas aplicaciones no fueran tan deficientes. Otro problema es que se inhibe la creación de alternativas. Todo, porque Twitter no quiere más programas que funcionen como “imitadores” del servicio, a pesar de que fueron ellos quienes le dieron el lugar que hoy tienen.

El cambio en la API también incluye permisos para que, en caso de mostrar la información como indican las reglas de Twitter, la empresa tenga derecho de prohibir el acceso de dicha interfaz. Así, el servicio se pone estricto en que las cosas se hagan a su manera. Si bien es justificable en términos de homogeneizar la apariencia, no deja de sonar un tanto autoritario. Valga la comparación, Twitter le está aprendiendo algunas mañas a Apple sobre flexibilidad con los desarrolladores, con una política de control mucho más férrea. Hay que apuntar que no todo es malo en este cambio: también han integrado una autenticación obligatoria que permitirá llevar un registro de cuáles son las aplicaciones que se conectan a la API.

En el fondo, la acción de Twitter tiene tintes criticables porque implica una restricción para los desarrolladores. Lejos de robustecer el ecosistema de aplicaciones, lo reducirá. Desgraciadamente, si las alternativas no consiguen una forma de supervivencia clara, se corre el riesgo de caer en una hegemonía de las aplicaciones oficiales -y mientras éstas mantengan su margen de calidad tan bajo, son malas noticias para el usuario-. Si la depuración funciona, será cuestión de tiempo. Por lo pronto, con la noticia, el que lleva las de perder es el consumidor final.

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