Sospechosismo a la antigua

Guía para no caer en la crispación

Foto: REUTERS/Bernardo MontoyaTristemente, los procesos electorales en su fase crítica han comenzado a entrar en periodos por decir lo menos, enfadosos. Perdido un poco el ímpetu hemos entrado a la fase de los dimes y diretes para ver cuál de los partidos en pugna es más probo. Digo, la cosa está tan compleja y dilatada, que en estos días hasta Pedro Ferriz se puede hacer pasar como un luchador por las causas de la democracia.

Así, en tiempos tan grises y aciagos, es fundamental tener una guía que lleve a los mexicanos a cruzar este pantanoso estercolero post electoral. Por eso he aquí los elementos necesarios para salir de este dudoso espectáculo sin morir en el intento.

1.    No todos los políticos son románticos, la mayoría son viejos cochinos. Por eso antes que hacerlo, hay que pensarlo muy bien. No les crea nadita de entrada, menos ahora cuando están definiendo si el PRI o el PRD tienen la verdad. Pregúntese a cuál de los políticos en pugna les dejaría las llaves de su casa para que la cuiden en vacaciones o le prestarían el coche para que se vayan de antro. A partir de ahí evalúe las dimensiones de su fe.

2.    No podemos caer en la tentación de las crispaciones. Serenidad y paciencia. Las pruebas y las réplicas en esta guerra de declaraciones sin pruebas tiene que ser valoradas con elementos extras: cuántos chistes a pie de plática son capaces de producir, cuál de los personajes parece tener más deudas con los monólogos de Adal Ramones, o cuál de ellos podría lavar con mayor facilidad su ropa sucia en HSBC.

3.    Mentir es una de las bellas artes, un oficio que requiere no de improvisados sino de avezados profesionales que le den dignidad y encanto. Más y mejor demagogia. El candidato, vocero, contlapache o partido que no esté a esa altura no merece el aplauso de público conocedor ni un editorial rudo del periódico El País, ni la consabida tarjeta de Soriana para derrochar como dictan los cánones.

4.    La vida es demasiado corta como para no pensar en la revolución. Cabe la posibilidad que dadas las circunstancias la cosa se ponga ruda y se desate el México bronco. No es lo deseable pero podría ocurrir. Aquí habría que tomar una decisión: subirse al cerro con pasamontañas y mandar a las instituciones al diablo, o conforme a derecho y precavido esconderse tras la vitrola. Si se elige lo primero no sería mala idea haber sido boy scout, aunque sea a nivel de lobato, o de lo contrario aquello podría convertirse en una pesadilla. Si se decide por lo segundo, te puedes esconder en el rancho de Fox ahora que dicen que se va de embajador, o en las ruinas de lo que quedó del imperio panista en la ciudad de México, donde si no se paran las moscas menos los electores. 

5.    La otra es dejarse el copete, aunque sea de hueso, y construir expresiones de unidad, unidad, que incluyan los famosos las típicas sacudidas que caracterizan los ritos de apareamiento de los dinosaurios.

6.    Ya en estas habrá una decisión más compleja, ruda y megabestia si se ha decidido el camino de la revolución inmanente: irse al movimiento del gran Noroñas a fustigar a los políticos en su mundo de caramelo, o irse con los del #Yosoy132  a fustigar a Eugenio Derbez y sus adláteres.

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