Héroes anónimos

Dan lo mejor que tienen a cambio de un 'gracias'

Estos héroes no usan un traje especial, tampoco pueden volar y son tan vulnerables como cualquiera de nosotros. No son tan fuertes como para atravesar una pared, pero sí para desafiar algunos obstáculos. Se aparecen una vez al año, en una fecha en la que pocos se atreverían a llegar hasta el perímetro más cercano a la Basílica de Guadalupe. Su misión es una sola, dar lo que se pueda a los peregrinos que cada 12 de diciembre van a visitar a la Virgen.

Los Baltazar Rincón, originarios de Tlalnepantla, este año vinieron con cajas de cartón que contienen aproximadamente 350 tortas de jamón; "quisiéramos dar más pero es para lo que alcanzó", responde Ricardo, el jefe de una familia que cumple con una promesa hecha por su madre hace 7 años. "La primera vez dimos naranjas, luego le cambiamos a las tortas para no venir tan cargados desde allá; venimos con gusto y nos vamos con la satisfacción de haber ayudado a un hambriento".

A veces es difícil distinguirlos entre la multitud, te das cuenta que están regalando algo porque los peregrinos se aglomeran a su alrededor.

No todos son católicos, la Sra. Licha, por ejemplo, es devota la Santa Muerte. Pero eso no le impide ayudar a quienes considera sus hermanos. Ella tiene un puesto en el mercado de la Río Blanco y cada año se coloca en el mismo lugar. "Ellos ya saben dónde estoy, saben que si pasan por aquí van a encontrar un cafecito bien calientito, su pancito dulce y un taquito de guisado". Licha se pone de acuerdo con sus hermanas para preparar los alimentos, entre más salga, mejor.

Para los Torres Núñez, es fácil distinguir cuando el que se acerca es peregrino o uno que simplemente se 'quiere pasar de vivo' y comer de a gratis. Ellos montan una especie de puesto ambulante, ponen su anafre para que el chocolate esté caliente y hasta colocan una cinta amarilla para que nadie se vaya a quemar. "A veces hasta piensan que vendemos las cosas, pero no". Les gusta llegar temprano para agarrar lugar cerca de Calzada de Guadalupe, porque ahí es el paso directo a la Basílica. "Por aquí vez pasar a unos que ya no pueden ni caminar, casi se vienen arrastrando".

La señora Laura Flores vive cerca del metro Potrero; dice que sólo le alcanza para hacer 100 tortas de jamón, como si fuera poca cosa, pero las ofrece con mucho gusto. Le llena de alegría poder dar algo de comer a quienes llevan horas con el estómago vacío.

A la familia Suárez es fácil identificarla, sus gritos de ¡tacos, tacos! no pasan desapercibidos. Ellos tienen un negocio de comida, así que cada 11 de diciembre invierten todo lo que venderían en un día para regalarlo a los peregrinos. En la cajuela de su camioneta se observan las cazuelas con arroz y carnitas, también llevan refrescos y café. No recuerdan cuántos años llevan haciéndolo, pero están seguros que son muchos.

Y así como ellos hay muchos otros que prefieren permanecer en el anonimato; con camionetas cargadas de botellas con agua, con dulces, jugos y hasta ropa y juguetes. Cada uno tiene una motivación particular para estar aquí este día, pero al final cuando extienden su mano y escuchan un 'gracias', saben que han cumplido con su misión, la misma que esperan alcanzar el próximo diciembre.

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