Acosta Chaparro: Las deudas de un boina verde

Esa tarde sonó el teléfono y del otro lado del auricular el general Mario Arturo Acosta Chaparro escuchó una voz que lo saludó de manera efusiva, era como si se tratara de alguien con el que tenía mucha cercanía.

—¡Hijito! ¿Como estas? ¡Hijito!—. El único que llamaba “hijito” al general Acosta Chaparro era el jefe del cártel de Juárez, Amado Carrillo Fuentes. Aquella ocasión el “Señor de los Cielos”, mote que singularizó al capo muerto en 1997, le informó al militar el cierre de una operación con el entonces gobernador de Guerrero, Rubén Figueroa Alcocer. Transcurría el año de 1995, Acosta Chaparro realizaba labores de asesoría al entonces mandatario quien sería depuesto de su gestión tiempo después, por la masacre de campesinos en Aguas Blancas, donde se documentó la participación del militar.

—Acabo de hablar con su patrón—, le dijo—y ya quedó todo acordado—. Solía decirle “hijito” cada vez que hablaban por “el esqueleto”, como llamaban a la línea telefónica directa entre ambos. Lo que acordaron aquella tarde fue el envío por parte del capo de un lote de 50 fusiles AK-47, 30 pistolas, 20 radios, 10 mil cartuchos y una suburban para al mandatario guerrerense. “El correo era Acosta Chaparro pero al final se quedó con todo, no entregó nada, tiempo después devolvió la suburban, pero del armamento nadie supo nada”.

Quien narró así éste episodio fue Gustavo Tarín Chávez, un militar muy cercano a Acosta Chaparro y que colaboró con él durante varios años en Guerrero y en la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la antigua policía política del viejo régimen, en los tiempos que combatían a la guerrilla. Su testimonio judicial fue leído al micrófono en el auditorio por el secretario del Consejo de Guerra, la corte marcial que aquella tarde de principios de noviembre del 2002 enjuició a Acosta Chaparro y a su colega Francisco Quirós Hermosillo por vínculos con el cártel de Juárez.

Durante varias horas los asistentes, en su mayoría militares en activo y retirados, quedaron absortos ante los detalles revelados paso a paso, de cómo la dupla de generales que se convirtieron en referencia en tortura y desaparición de guerrilleros durante la llamada “guerra sucia” en los años 70 y 80, se transformaron en operadores del “Señor de los Cielos”. Entre los años 1994 y 1995 ambos participaban en la Coordinación de Seguridad Nacional, una instancia creada de facto por el presidente Ernesto Zedillo a raíz de secuestros de alto impacto como el del empresario Alfredo Harp Helú.

Durante esta comisión, narraron testigos citados en el Consejo de Guerra, Acosta Chaparro planificó el aterrizaje de aviones cargados con droga proveniente de Colombia. Su labor logística implicó la entrega de vehículos, dinero, aparatos de comunicación encriptados para los militares que operaban para Carrillo Fuentes. De esta forma comandantes de las zonas militares del norte, como Sinaloa, Durango y Chihuahua, así como de las guarniciones y regimientos en la zona del pacífico, entraron en la nómina del cártel de Juárez.

La espada justiciera

Del expediente castrense de Acosta Chaparro hay un apartado donde se lee: “campañas y acciones de guerra”. En un párrafo hay una anotación que dice: “19 de julio de 1974. De orden verbal del general de división DEM secretario de la Defensa Nacional, fue destacado a la 27 zona militar donde en coordinación con autoridades de la Procuraduría General de la República (fiscalía de la nación) cooperó en la destrucción de la gavilla de Lucio Cabañas”.

Era su orgullo y se jactaba entre sus colegas que en aquellos años del gobierno de Luis Echeverría y del general Hermenegildo Cuenca al frente de la Defensa Nacional, se dejó el cabello largo, calzó huaraches, comenzó a usar morral y sombrero para aminorar el fuerte sol de la zona de Atoyac. Con ese atuendo se infiltró en la guerrilla y se ganó entre sus colegas el mote del “Guara”.

Años antes se había graduado en guerra irregular en Fort Bragg, Carolina del Norte, sede de la escuela de guerra especial y de los Boinas Verdes del ejército estadounidense. En México había hecho el curso de fusilero paracaidista. Cuando Acosta Chaparro se ganó el ascenso de capitán a mayor del ejército fue después de la liberación del senador y cacique guerrerense Rubén Figueroa, secuestrado en mayo de 1974 por la guerrilla de Lucio Cabañas y liberado en septiembre de aquel año.

En 1976 formó parte de una sección de militares que se incorporó al llamado “grupo exterior” de la hoy desaparecida Dirección Federal de Seguridad. Ahí fue de los fundadores, junto a Quirós Hermosillo y Miguel Nazar Haro, de la Brigada Blanca, el grupo paramilitar que se encargó de detener, torturar y desaparecer militantes de grupos guerrilleros a finales de los años 70. Por su preparación en contrainsurgencia, Acosta Chaparro fue nombrado jefe del grupo de interrogatorios, encargado de obtener información de los detenidos mediante todo tipo de recursos.

Desde esos años realizó un acopio de datos de integrantes de los grupos subversivos, sus redes, regiones de operación y parentescos. A principios de los años 90 editó un libro de circulación restringida sobre integrantes de diversas organizaciones guerrilleras, como tenía varios años sin ascender del grado de coronel, buscó con éste trabajo ingresar al generalato, no lo conseguiría sino varios años después.

Pero aquella tarde del consejo de guerra por narcotráfico en que se conocieron los testimonios de Tarín Chávez y de otros militares que colaboraron de cerca con Acosta Chaparro, quedó el bosquejo de su participación en la “guerra sucia”. Era el segundo juicio que tenía pendiente ante cortes militares. Semanas después salió a relucir el modus operandi que empleó en su paso por Guerrero.

Junto a Quirós Hermosillo hicieron de la base aérea de Pie de la Cuesta el lugar de “operaciones especiales”. Desde ahí despegaba el avión Arava, donde subían a los cuerpos sin vida de los detenidos para arrojarlos al mar en lo que se llamó “los vuelos de la muerte”. En el empleo de los recursos, narró Tarín, utilizaban una pistola calibre .38 a la que le adaptaban un silenciador para dispararle en la nuca a los “paquetes”, como llamaron a los civiles capturados. “Le decíamos la espada justiciera, el general Quirós era el jefe, él daba las órdenes. Nos enseñó a vendarles la cabeza y apuntar en la nuca para que murieran de manera instantánea.

Acosta Chaparro pudo haber ejecutado él solo a más de 200, declaró ante el fiscal castrense en ese segundo juicio por la muerte de 143 personas entre los años 1975 a 1979, y que nunca llegó a consejo de guerra. El proceso y las acusaciones contra Acosta Chaparro se diluyeron por “falta de pruebas” y quedó absuelto del que se decía pudo ser el “juicio por la guerra sucia”. En el año 2007 un tribunal colegiado le ratificó el auto de libertad ante la “inconsistencia” de las acusaciones por narcotráfico y fue absuelto. Recuperó sus grados y patentes militares en ese año.


¿Cambio de bando?


La voz se le quebraba pero no perdió la verticalidad del metro 80 de su estatura. La tarde del 2 de noviembre del 2002, cuando Acosta Chaparro escuchó de pie, con la mirada al frente y en posición de firmes, el veredicto de la corte marcial que lo sentenció por narcotráfico a 17 años de prisión, pareció que se derrumbaba.

“No puedo creer cómo alguien con fama de cabrón dentro del ejército, casi se quiebra. Quienes lo conocemos sabíamos que se estaba quebrando”, decía un general a un par de reporteros a las afueras de la sala del consejo de guerra donde fue juzgado Acosta Chaparro y Quirós Hermosillo en el campo militar número uno. Hubo un momento en que fue visible que no podría mantener esa verticalidad, conforme escuchaba la lectura del resolutivo le temblaban las manos, las piernas se le movían y su rostro dejaba entrever abatimiento.

Tras cuatro años en prisión en diciembre del 2006 una buena noticia lo animó en su celda de la prisión militar. Un antiguo compañero del Colegio Militar acababa de ser nombrado secretario de la Defensa Nacional. Se trataba de Guillermo Galván, con el que tenía buena amistad desde que ambos eran cadetes en el alma mater de la milicia mexicana. La señal se tradujo un año después en su puesta en libertad y en un homenaje junto a otros militares que en 2007 pasaron a retiro. Acosta Chaparro había sido reivindicado por sus pares el día que dejó el servicio activo.

Desde entonces retomó sus labores de asesoría en temas de seguridad, sus contactos con la CIA le habían servido en otro momento para ser un “activo” de los servicios de información. Recibió algunas encomiendas del alto mando del ejército de las que nunca habló. Después se supo que ofreció sondear con algunos capos de la droga la posibilidad de una disminución a la beligerancia, un pacto, dado que el año 2009 había sido el más violento del sexenio. Su propuesta fue rechazada.

En mayo del 2010 el general fue baleado en la colonia Roma de la ciudad de México en lo que se dijo fue un intento de asalto. En el medio militar aquello fue visto como un aviso en virtud de que sin más, Acosta Chaparro ahora se dedicaba a investigar al narco.

Meses después en septiembre del 2011 uno de sus amigos y socios de tiempo atrás, Javier García Morales, hijo del ex dirigente del PRI Javier García Paniagua y nieto del general Marcelino García Barragán, titular de la Defensa Nacional en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, fue asesinado a las afueras de un restaurante en Guadalajara, Jalisco. García Morales y Acosta Chaparro estaban señalados como enlaces de capos de la droga con oficiales y mandos del ejército en una serie de documentos de inteligencia militar que fueron publicados en abril de 1997 por la revista Proceso.

Ahí se detalló cómo ambos solían hacer reuniones entre comandantes de zona militar y jefes de diferentes unidades con capos de la droga avecindados en Guadalajara.

Visto en perspectiva, parecería que la vieja guardia del cártel de Juárez aquella que sirvió de lobby y enlace en la milicia, con el asesinado de García Morales y de Acosta Chaparro, ha desaparecido.

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