Reporte especial: El último adiós a Carlos Fuentes

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    Callejón de Sombrereros

    La saga de Rulfo

    Por Javier García-Galiano

    EL UNIVERSAL

    La historia de un libro puede importar un enigma engañoso. En ella se busca acaso las razones de los asombros a veces reiterados que ha producido. Como quizá ocurre con cualquier asombro, los que se derivan de un libro no pueden dilucidarse y entre los escasos exámenes que resultan convincentes se hallan aquellos que proponen otros asombros. Aunque no carece de leyendas de imprenta, de anécdotas curiosas, de desventuras circunstanciales, de hallazgos fortuitos, con frecuencia, la búsqueda de los azares que se conjugaron para la creación de un escrito conduce hacia el autor, a su biografía, a sus lecturas, a su geografía.

    Como la de “El Llano en llamas”, la de “Pedro Páramo” es una historia que no ha prescindido de infamias, de conjeturas torpemente maliciosas, de alusiones e ironías tristes, de fábulas rencorosas. Por fortuna, la admiración reiterada que suscita también ha originado libros reveladores como Noticias sobre Juan Rulfo, de Alberto Vital, como la investigación minuciosa de Jorge Zepeda La recepción inicial de “Pedro Páramo” (1955-1963), como los que han conformado los cuadernos, las notas, las cartas, las fotografías de Juan Rulfo. No resulta tampoco menor la reciente edición de Nuevos indicios sobre Juan Rulfo: Genealogía, estudios, testimonios, coordinado por Jorge Zepeda y publicado por la Fundación Juan Rulfo y Juan Pablos Editor, y la de los textos de Rulfo sobre José Guadalupe de Anda, Rafael F. Muñoz y Mariano Azuela con el sello de la Fundación Juan Rulfo y la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

    No parece errado que algunas indagaciones acerca de la obra de Rulfo se detengan en el lenguaje que creó fundándose en el habla del sur de Jalisco: el de San Gabriel, el de Apulco, el de Tuxcacuesco (hay que recordar que “Un cuento”, el cual terminaría por ser el principio de Pedro Páramo, publicado en Las letras patrias, comienza diciendo: “Fui a Tuxcacuesco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”...). La obsesión que cultivaba por la palabra ese hombre silencioso le permitía descubrir giros lingüísticos, expresiones que acaso definían un carácter, prodigios verbales, literaturas cotidianas, frases que cifraban una historia. Ese examen que lo fascinaba, lo condujo asimismo a asombrarse con las crónicas históricas, en las que no sólo hallaba una relación de los hechos que le interesaban profundamente, sino un arte ejemplar.

    El rastro del lenguaje que creó Rulfo conduce a veces a Jalisco, a la geografía en la que ocurren las historias creadas por ese lenguaje, pero también podría guiar hacia la historia del devenir de esa geografía, donde ocurrió asimismo la historia. Sin embargo, puede llevar al surtidor de una fuente en Tlalpujahua, en la que está inscrito: “ESTA FUENTE SE INAUGURO EL NUEVE DE DICIEMBRE DE 1888 / MANDO CONSTRUIRLA DE SU PECULIO EL SR. AUSTASIO RULFO / POR LEGADO DEL SR. SU PADRE DON JUAN RULFO / FUE CONSTRUIDA POR EL SEÑOR MAESTRO DE OBRAS FELIX MORALES”.

    Es sabido que Juan Rulfo acostumbraba transcribir algunos de los escritos que lo fascinaban. De esa costumbre se derivó, entre otras, su versión de las Elegías de Duino, de Rainer Maria Rilke. En Nuevos indicios sobre Juan Rulfo... se reproducen sus transcripciones del Codex Plancarte, del Testamento de D. Fernando Titu Vitziméngari, de la Relación de la conquista de los teúles chichimecas que dio Juan de Sámano, así como la de un vocabulario de voces castellanas derivadas del tarasco y el purépecha, que puede importar otro indicio de la obsesión que cultivaba por la palabra y por la historia. Quizá, como sugiere Víctor Jiménez, Rulfo desconocía los orígenes michoacanos de su familia, orígenes que no son infrecuentes entre los jaliscienses, pero al leer esas crónicas bajo la influencia de Rulfo creemos advertir algo de su literatura, la cual también puede conducir a su biblioteca, la de un lector minucioso, que su hijo, Juan Francisco, ha descrito temáticamente en este volumen.

    Las bifurcaciones de ese laberinto que tiene como centros “El Llano en llamas”, “Pedro Páramo” y Juan Rulfo no dejan de acrecentarse deparando nuevos hallazgos asombrosos.

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